Hermano Juan Gutierrez Blanco

18/Jun/2010

Une vie qui fait penser. Une chaise roulante a été sa chaire. L'acceptation de son mystère pascal et l'élégance de son esprit qui rayonnent de ses quatre années d''oblation, constituent un stimulant pour toute personne consacrée.

_ Here is a life that gives one food for thought. The lesson he has preached is a silent one — from a wheel-chair. His acceptance of his own Paschal Mystery and his quiet cheerfulness during four years of oblation provide inspiration for any consecrated person.

– Uma vida que faz pensar. Sua cátedra foi uma cadeira de rodas A aceitação de seu mistério pascal e a elegância de seu espirito que transparecem durante os quatro anos de oblação, constituem um estimulo para toda e qualquer pessoa consagrada.

 

I. BREVE HISTORIAL DE SU ENFERMEDAD.

 

Se encontraba en Roma terminando la licenciatura en Mariología y Teología, cuando empezaron a manifestarse los primeros síntomas de la tremenda enfermedad que le ha tenido clavado en cruz cuatro años. El H. Juan cumplía entonces los 30. Era el año 1971.

Pasó en observación por varios especialistas, hasta que el Dr. Calleja, de la madrileña clínica «La Concepción», pronunció el fatídico y certero diagnóstico: « esclerosis lateral amiotrófica, con vida para un período de tiempo que puede oscilar entre uno y tres años».

El H. Provincial creyó oportuno comunicar personalmente al enfermo la tremenda realidad. Es natural que en un primer momento el H. Juan acusara fuertemente el golpe, pues las ilusiones apostólicas y las ganas de vivir de nuestro joven religioso eran enormes. Pero pasados unos cuantos días de intensa lucha interior, se hizo luz en las tinieblas y triunfó la fe: su vida sería en adelante una oblación permanente por voluntad de Dios y él aceptaba esa voluntad en forma total e incondicionada.

Este misterio en la vida de Juan ha causado fuerte impacto en todos cuantos le han seguido de cerca.

Fue el mismo H. Juan quien comunicó la noticia a sus familiares y quien les consoló y animó al darse cuenta de que su dolor era incontenible.

La enfermedad empezó localizada en la región cervical y terminó paralizando todo el sistema motor. Dicha parálisis fue progresivamente ganando terreno, desde las extremidades hasta los músculos del cuello, boca y pecho. La muerte le sobrevino por asfixia.

 

El noviciado de Salamanca fue su residencia durante los tres últimos años de su vida. Al principio, las dificultades que tenía para mover manos y piernas y el cansancio que experimentaba al hablar, no le impidieron moverse por sí mismo, pasear, dar charlas y tomar parte en la dinámica del noviciado.

A partir del segundo año tuvo que resignarse al carro de ruedas y a que se la prestaran toda clase de servicios: moverle, vestirle, asearle, darle de comer…

Este estado de inmovilidad, impotencia e incomunicación progresiva a la que se vio reducido no le hicieron nunca perder su eterna sonrisa, a pesar de los fortísimos dolores que experimentaba, disimulados con gran elegancia espiritual para no hacer sufrir a los que le visitaban o atendían. Más aún, en vez de preocuparse de sí mismo y de buscar alivio a sus dolores, vivía pendiente de los demás, en actitud de animar y confortar a cuantos se le acercaban en busca de consuelo.

El último año se le oyó decir que nunca le había pasado por la mente el pedir al Señor la curación, ya que estaba en sus manos con la confianza de un hijo que se fía de su Padre y acepta plenamente su voluntad sobre él, aunque ésta resulte tremendamente dura.

La etapa más dolorosa fue, sin duda, el último año, ya que se vio reducido a un estado de impotencia total para hablar y comunicarse, no obstante el perfecto funcionamiento de sus facultades superiores. Es fácil imaginar lo que pudo suponer esta incapacidad total de intercomunicación para un hombre como nuestro H. Juan, tan abierto, alegre, dinámico y expansivo…

Los cuidados constantes de que fue objeto por parte de los formandos y el cariño que se le prodigó en toda circunstancia no tienen nada que ver con una «simple compasión». Su hermana, Sor Victoria, religiosa de las Siervas de María, que le atendía por las noches,le dispensó siempre un trato maternal y delicado y se identificó plenamente con sus aspiraciones espirituales.

Murió el 26 de febrero de 1975.

 

II. MISTERIO PASCUAL DE JUANITO.

 

Soy consciente de la imposibilidad de expresar fielmente con palabras lo que ha sido fruto de una inolvidable vivencia, transcurrida en un clima extraordinario de amistad profunda y de intimidad; pero también soy consciente de la necesidad que siento de comunicar la riqueza que yo he tenido la gracia de recibir, a fin de que esta vida luminosa de Juanito no quede en la trastienda, sino que « se coloque sobre el candelaro para que alumbre a todos los de la casa».

Por ello, voy a intentar, aunque sea de forma imperfecta, analizar y comunicaros algunos de los muchos valores que yo he observado y admirado en la vida de nuestro buen Hno. Juan.

Sólo os pido, queridos Hermanos, que sepáis perdonarme la pobreza de mi expresión y que a través de ella procuréis ver una vida, elegantemente vivida, y que tiene mucho que decirnos a los que honradamente deseamos vivir nuestra consagración con ilusión, autenticidad y entrega generosa.

Existen dos realidades en la vida de Juanito que enmarcan toda su historia, en especial la de sus últimos tres años: el dolor y la ilusión. Dos realidades que todo cristiano comprometido debe actualizar y simultanear en su propia vida, si, en efecto, desea revivir en sí mismo el Misterio Pascual de Cristo.

 

A) El dolor en la vida de Juanito.

 

No es fácil comprender todo lo que su enfermedad le hizo sufrir, pues para ello sería preciso vivir su misma experiencia dolorosa…y, por otra parte, tener la sensibilidad y las ilusiones e inquietudes que él tenía… No obstante, voy a intentar asomarme a la vida de Juanito, a fin de captar algo de su « vía dolorosa», bajo el doble aspecto físico y moral.

 

1. DOLOR FÍSICO

 

a) Dolores corporales: Siempre ha supuesto para mí un misterio lo que Juanito sufría, pues se guardaba mucho de no manifestarlo para no hacer sufrir a los que con él convivíamos; no quería ser para nosotros una carga.

Una vez en la que yo le insistía para que pidiera cuanto necesitara, pues me preocupaba el que nunca hablara de sus sufrimientos ni hiciera referencia a sus necesidades y a la forma de satisfacerlas, me contestó: «Mira, Melchor, si pidiera todo cuanto necesito os amargaría a todos los de la casa».

En otra ocasión, en la que yo había ido a compartir con él mis sentimientos y preocupaciones, y deseando al propio tiempo conocerle más a fondo, comprenderle mejor y lograr una mayor intimidad con él, le pedí que sede-sahogara (pues pensé que también él lo necesitaría, tanto más cuanto que no solía hacerlo, a no ser con su hermana Sor Victoria) y que me comunicara algo de sus dolores y padecimientos. Lo que me dijo me sirvió, en efecto, para sentir más con él.

« Los dolores que tengo son continuos y, por lo general, no localizados, a excepción de los del brazo derecho y de la rodilla». Es un malestar constante y general». Y en seguida añadía con una sonrisa en los labios: « Pero esto no es nada; no tiene importancia…»

A esto podemos añadir todo lo que sufría cuando se esforzaba por hablar y hacerse entender, cuando tosía, cuando al comer se atragantaba…

b) Su inmovilidad: ¡Qué fácil es hablar de las incomodidades producidas por la inmovilidad, pero qué difícil es hacerse una idea de lo inaguantable que debe ser, cuando esta inmovilidad es total y de todos los días!… Y máxime en un espíritu inquieto y activo como el de Juanito…

Cierto día me decía: « Si tú supieras lo duro que es vivir así un día y otro y otro…».

Los dolores continuos que padecía, unidos a esta inmovilidad, le producían un insomnio casi total, pues por la noche, más o menos cada 45 minutos o una hora, había que cambiarle de postura. Por ello, no era extraño verle por la mañana físicamente cansado y agotado.

 

2. DOLOR MORAL

 

a) Las ilusiones tronchadas: los que hemos tenido la suerte de convivir con él en estos últimos años, hemos podido observar las ilusiones que animaban su vida: ilusión por vivir su Consagración a Dios, sin reservas y en una actividad apostólica, las misiones, los formandos…

Estas ilusiones quedaron más de manifiesto a lo largo de sus años de enfermedad, al experimentar un contraste doloroso entre las ilusiones que tenía y la forma de llevarlas a la práctica. A este respecto, me decía en cierta ocasión: « Fíjate la faena que a mí me ha hecho el Señor»… y lo decía sonriendo…

Y, en efecto, fue una buena «faena», pero de la cual supo sacar provecho, viviendo las mismas ilusiones que tenía, con la misma o mayor intensidad y con formas distintas.

Por eso, una vez dijo a un novicio: « Dios es un faenista, pero mientras no me haga la faena de impedir que le siga, todas las faenas que me haga serán para mi bien…».

 

b) La incomunicación: Una de las cosas que más valoraba Juanito en la vida era la relación interpersonal. Dada su postura de autenticidad, esto le llenaba y era lo que deseaba para aquellos a los que consideraba hermanos y amigos. Se le veía gozar cuando la relación era a nivel de intimidad, y se le notaba muy distinto cuando transcurría sobre cosas intrascendentes.

Esto explica el enorme respeto que manifestaba a todos y la sinceridad y cariño con que trataba a los que acudían a él…

En esta perspectiva podemos intuir el sufrimiento inmenso que le debió producir la incomunicación a la que le iba condenando indefectiblemente su terrible enfermedad.

Respetaba con enorme cariño, el que, tanto Hermanos como formandos, no fueran con frecuencia a hablar con él. Siempre encontraba una disculpa. Sin embargo, se le notaba que lo estaba deseando y que sufría por ello. Por ejemplo, comprendía que algunos se sintieran violentos en su presencia, a causa de que no eran capaces de entenderle cuando hablaba. Pero esto le dolía en lo más vivo, pues le impedía lo que más deseaba: entablar contacto con las personas. Y, por otra parte, también sufría al ver sufrir al otro por la misma razón.

Era tal, sin embargo, la necesidad que sentía de comunicarse que, cuando un novicio fue a hablar con él, como le costara entenderle, le dijo: «No te preocupes, que aunque tenga que repetírtelo 14 veces, no me enfado».

 

c) La impotencia: Uno de los sufrimientos más vivos que tuvo que soportar, sobre todo en los tres últimos años, consistió en ser consciente de lo mucho que había que hacer, a nivel de Provincia y a nivel de personas, para realizar de forma efectiva una auténtica renovación; y en ver que dicha renovación iba «a cámara lenta» y, por otro lado, sentirse impotente para actuar en pro de esa renovación, como él hubiera deseado hacerlo.

Con motivo de la novena al Fundador, en junio de 1974, pidiendo su curación, me decía: «Yo la enfermedad la tengo totalmente superada y aceptada. No obstante, por primera vez estoy pidiendo en serio mi curación, pues quisiera poder realizar todas mis ilusiones».

Y por estas mismas fechas, le repetía a un escolástico: « Nunca había deseado la curación hasta ahora, para demostrar que todo lo que he dicho se puede hacer».

Y en otra ocasión: « Mira, amigo, lo que nos hace falta a muchos es hablar menos y empezar a actuar; ya es hora de que vayamos bajando de las nubes…».

Su visión de lo que debía ser una vida consagrada, vivida con plenitud y autenticidad, era tan clara, que no comprendía esas posturas de apatía y de « santa indiferencia» (ya no digamos las negativas) que él veía en tantos Hermanos. Respetaba y no juzgaba, pero esto no le impedía el poner de manifiesto que sentía de otra forma y deseaba otra cosa por la que estaba luchando, pidiendo y ofreciendo el holocausto de su vida.

 

d) Las decepciones: Junto a esta impotencia, creo también necesario destacar los sentimientos de decepción que, sin duda, tuvo que sufrir.

La decepción la veo como una consecuencia lógica de ese amor profundo que tenía a toda la Provincia (Hermanos, formandos y obras) y que ponía de manifiesto en una preocupación e interés constantes. Tanto es así, que, a mi modo de ver, era una de las personas que más vibraban y vivían la realidad Provincial, hasta el extremo de que algunos problemas le afectaban de tal forma que se pasaba varios días preocupado y sin ganas de nada, ni siquiera de comer…

Por otra parte, la decepción es tanto más dolorosa cuanto más se ama a las personas y cuanto más se espera de ellas.

De su amor a los Hermanos, aparte de otras múltiples ocasiones en que he podido palpárselo, sirvan como botón de muestra aquellas palabras que dijo a un formando : « El querer profundamente a todos los Hermanos de la Provincia me ha costado 10 años de continua violencia a mí mismo…»

Y en otra ocasión me señaló que a veces, a la vista de algunas posturas de ciertos Hermanos y formandos, tenía la sensación de que la oblación de su vida estaba resultando ineficaz e inútil. Aunque inmediatamente trataba de ver las cosas con una visión de fe.

Esto, Hermanos, nos ha de hacer pensar en la generosidad de esta vida, entregada en sacrificio por nosotros, y a lo que esto nos compromete si queremos que su sacrificio, como el de Cristo, no sea estéril en nosotros…

 

B) LA ILUSION EN LA VIDA DE JUANITO

 

1. BASES DE ESTA ILUSIÓN

 

Para superar el dolor de forma que dicha superación no sea alienante, sino, más bien, racional y liberadora, se necesitan dos cosas:

 

a) Una fuerza interior que radica en la propia fe. Vivir con ilusión en medio de la dureza que supuso para Juanito su enfermedad es, a mi modo de ver, prácticamente imposible sin una fe verdaderamente extraordinaria. Al propio tiempo, esta fe tuvo que ir acrecentándose, día a día, en estos tres últimos años, pues según nuestras Constituciones : « La fe se desarrolla a medida que se manifiesta» (Const, n. 33).

Si tal fue la manifestación de su fe, ¿cuál no sería su grandeza?… Aparte de esto, quisiera tocar otras tres manifestaciones de la fe de Juanito: su Consagración religiosa, su oración y su devoción mariana.

De su vivencia como religioso y como marista, es algo tan evidente que sería preferible no hablar. No obstante, voy a señalar algún botón de muestra, sólo por el sabor que puede tener el que sean palabras dichas por él y en donde se deja entrever la riqueza de su mundo interior. He aquí algunos de sus sentimientos al respecto:

« Si quieres ser feliz, intenta aceptar a Dios en todo momento y vive con radicalidad todo aquello de lo que estés convencido».

« En la vida marista hay que estar dispuesto a jorobarse por los demás, o si no, apaga y vamos».

« Vive el Evangelio y nunca tendrás problemas de votos, ni te preguntarás por ellos».

A un novicio que le preguntaba cómo vivía su voto de obediencia, le contestó: «Yo nunca tuve problemas de obediencia. Ya sabía lo que tenía que hacer antes de que el Superior me lo dijese».

Pero el gran secreto de su vida era ese contacto casi constante que tenía con Dios y con la Madre. « Sin la oración no sería capaz de superar todo el sufrimiento que me proporciona mi enfermedad», solía decir.

Casi siempre se le encontraba en su despacho, sentado delante de su mesa, ocupado en una oración-contemplación o meditando en algún pasaje de la Biblia.

Ya es famosa aquella contestación que viene reseñada en la Circular sobre la oración y que dio a un grupo de Hermanos que le preguntaron:

Juan, ¿qué será para ti la vida eterna?

Continuar haciendo lo que estoy haciendo ahora: contemplar…

Y es que para él la oración era, pura y sencillamente, una contemplación de Dios y de la Madre. « Me limito a pensar — solía decir. — Me resulta fácil. Es como pensar ren la Provincia, en la Comunidad, en las personas. Como no puedo hacer otra cosa… Así se me pasa el tiempo y no me aburro». Y en otra ocasión:« La oración no es hablar mucho, sino escuchar mucho».

Para él Dios era tan familiar que le resultaba tan sencillo orar como vivir. Y para confirmarlo están sus palabras: « Cuando tomo el sol fuera, suelo estar más en el otro mundo que en éste». Parece mentira, ¿verdad?… pero es así, Hermanos, y es que hemos tenido entre nosotros a una persona « fuera de serie»… Su actitud filial respecto a Dios queda fielmente expresada en la postal que presidía la mesa de su despacho (la mano de un padre que agarra la mano de un niño) y en el pie de dicha postal: « Yo, tu Dios, te tengo asido por la mano. No temas, Yo te ayudo».

Otro de los grandes pilares de la vida de Juanito fue su extraordinaria devoción mariana. En su despacho, y en un lugar muy visible, siempre tenía una imagen de la Madre, con la que frecuentemente se le encontraba « hablando».

Aparte de sus frecuentes recomendaciones de que amáramos a la Virgen, nos pueden servir de testimonio los siguientes hechos:

« Para mí, María es la mujer de mi vida», solía decir.

En una ocasión le pregunté a ver qué hacía cuando al estar en la cama necesitaba cambiar de postura para aliviar sus dolores y no tenía a nadie para que le atendiera. « Pues pienso en la Virgen, me concentro totalmente en ella y espero que se me pase».

A un grupo de novicios que le preguntaron cómo rezaba el rosario, les contestó: « Unas veces contemplo los misterios que se rezan; otras veces, a lo largo de las Avemarias, voy pensando en cada uno de vosotros».

Podríamos aportar muchos otros datos reveladores de esta gran devoción mariana de Juanito, una de las notas más distintivas de su espiritualidad, pero baste añadir sólo dos hechos que hablan por sí solos de un amor a la Madre muy vivo.

Uno de ellos es la ilusión con que preparó y vivió su peregrinación a Fátima, dos meses antes de su partida de este mundo. Para valorar toda la profundidad de esta ilusión, es necesario tener presente las condiciones físicas en que Juanito se encontraba y las tremendas incomodidades del viaje…

El otro hecho es el de su muerte, acaecida después de fijar su mirada en la imagen de la Virgen que presidía su habitación, con lo que le sobrevino una especie de éxtasis con su contemplación. Esta fue la última realidad consciente que vivió en este mundo.

 

b) Un fuerte apoyo humano. Debido a nuestra condición humana, Dios ha querido comunicársenos a través de los hombres. A Juanito, el Señor le hizo llegar su ayuda paternal a través de su hermana Sor Victoria. Sólo Dios sabe lo que Sor Victoria contribuyó a mantener la ilusión de Juanito a lo largo de su enfermedad. Es, sin duda ninguna, una de las mayores gracias de que ha disfrutado Juan en su vida.

Ese trato verdaderamente maternal con que Sor Victoria le mimó durante los dos últimos años, la exquisita delicadeza que siempre supo poner en juego, la confianza y compenetración existentes entre ambos que llegó a una intimidad fuera de lo común y que yo siempre he envidiado porque fui testigo de la riqueza extraordinaria de esta comunicación, han sido, a mi modo de ver, la encarnación palpable de ese amor paternal que Dios no podía dejar de manifestar y hacer sensible a uno de sus hijos más queridos y predilectos.

A los que creemos firmemente en la amistad, valorándola como lo más grande que puede darse entre dos personas, y en una amistad que es amor sincero, compartir la propia intimidad, apoyo mutuo…, no podíamos por menos de captar la existente entre Juanito y su hermana. Nunca he visto dos personas tan compenetradas, tan fundidas y tan identificadas. Aquí es donde he podido constatar, con toda claridad, cómo una amistad si es auténtica tiende, indefectiblemente, a la complementariedad y, en muchos aspectos, a la identificación.

En efecto, para mí, Juanito y Sor Victoria me parecen dos almas gemelas que han sabido vivir, conjuntamente, una misma realidad (tremendamente dolorosa para ambos), pero con una misma ilusión y aceptación cristianas.

A mi modo de ver, Sor Victoria ha sido un perfecto Cirineo para su hermano, abrazados ambos a la misma Cruz y recorriendo, juntos, el mismo camino hacía la Resurrección.

Si el testimonio de Juanito ha sido excepcional y ha dejado una huella profunda en todos cuantos hemos tenido la suerte de convivir con él, el valiosísimo testimonio de Sor Victoria, testimonio de valor y de alegría cristianas en medio de la dureza de su misión, no ha sido menos excepcional y enriquecedor para nosotros.

A la vista de todo esto, creo que es fácil comprender por qué Sor Victoria ejerció un papel fundamental en la extraordinaria vida de Juanito, pues el encontrar un alma gemela, con la misma sed de Dios, con los mismos ideales de superación, con la misma ilusión de vivir su Consagración « a tope», con una Cruz análoga y una misma generosidad para llevarla con elegancia, con un mundo interior muy semejante…, son realidades que estimulan e ilusionan.

El encontrar un alma que te comprende, con la que puedes compartir tu propia intimidad, desahogándote en los momentos duros y poniendo en común las propias alegrías…, son realidades que estimulan e ilusionan.

El encontrar una persona con un equilibrio emocional grande, con una constante de alegría y entusiasmo, mantenida día a día, no permitiéndose en ningún momento el lujo de manifestar un estado de ánimo bajo y decaído (que sin duda, alguna vez tendría que tener…), son cosas que estimulan e ilusionan.

Gracias, pues, Sor Victoria, en nombre de Juanito y de todos los Hermanos, por tu valiosísimo testimonio, por la huella que nos has dejado y por la ilusión que supiste mantener y estimular en nuestro querido e inolvidable Hermano Juanito.

 

2. MANIFESTACIONES DE ESTA ILUSIÓN

 

Podríamos decir que la ilusión que siempre brilló en la vida de Juan, la manifestó de forma continuada, logrando mantenerla minuto a minuto, en lucha constante contra el dolor y el desaliento, contra el pesimismo y la desesperación a que el sufrimiento suele llevar.

Así pues, más que hechos concretos tendríamos que señalar que la mejor prueba de su ilusión fue su vida ilusionada.

No obstante, aun a sabiendas de que voy a recortar la realidad, me arriesgaré a hablar de algunos detalles que ponen de manifiesto esta ilusión que animó su vida entera.

a) Su alegría radiante. En este aspecto hay dos realidades que sobresalen: una de ellas es la alegría que él personalmente vivía; y otra, la alegría que estimulaba y creaba a su alrededor.

Por lo que a lo primero se refiere, llamaba poderosamente la atención su eterna sonrisa: una sonrisa que se veía que no era postiza, sino que más bien le salía de dentro; una sonrisa que reflejaba su gran paz interior; una sonrisa que era expresión fiel de su total superación del dolor y de la enfermedad, y de su incondicional conformidad y abandono filial en las manos del Padre; una sonrisa que era amor y comprensión hacia los que le visitaban y convivíamos con él; una sonrisa, en fin, que era todo un testimonio de esa plenitud de vida que bullía en su interior.

Dado este testimonio personal de alegría, es una consecuencia lógica su postura de estimularla y crearla a su alrededor.

Con mucha frecuencia se le oía repetir:

« No pierdas nunca el humor»…

« Si otra vez vas a venir con esa cara, es mejor que no vuelvas»…

Otra vez en que los Postulantes estaban haciendo oración en su compañía, al verlos tan serios y formales, con la cabeza baja…, les dijo:«¿Por qué estáis tan serios?… Para rezar hay que estar alegres, no tristes».

En otra ocasión, decía a otro formando: « Mira, ya está bien de que estemos haciéndonos problemas de cosas intrascendentes». Y como esto le sentara algo mal, le añadió: « No te enfades, hombre, no te enfades, ¿no ves que así tienes doble trabajo?…».

 

b) La grandeza de sus ideas. Aparte de su Consagración religiosa marista, de su unión con Dios Padre y de su devoción a la Madre, hay otra serie de ideales que destacaron en su vida. Veamos alguno de ellos.

Es de todos conocida su ilusión por las misiones y su amor a los forman-dos. Sólo Dios sabe y es capaz de valorar la labor misionera realizada por Juanito desde su silla de ruedas, pero a juzgar por el interés y preocupación constantes que demostró por las misiones y por la generosidad con que supo llevar su cruz (una vida así no puede ser ineficaz, tiene que ser redentora), podemos asegurar que su labor misionera ha tenido que ser sensacional y, por otra parte, inapreciable.

Ya hemos aludido anteriormente a la gran ilusión con que seguía la vida de la Provincia y el enorme cariño que le profesaba; por ello, no insisto.

Y por lo que respecta al amor inmenso que demostraba a los formandos, es difícil dar una idea exacta en unas breves líneas. Sería mucho más fiel escuchar los sentimientos de cuantos han tenido la suerte de convivir y relacionarse con él.

Buena prueba de todo ello son esos años pasados en las Casas de Formación o en contacto directo con ellas (señal evidente de que la labor le apasionaba) y la entrega y alegría que manifestaba al contacto con los formandos.

Otro buen testimonio es el hecho de que a lo largo de los tres años que duró su enfermedad, su despacho estaba siempre ocupado por alguien que iba (y esto era muy corriente), única y exclusivamente a buscar cariño y comprensión, que se sabía abundaba en el corazón de Juanito.

Yo, que tuve la gran suerte de intimar más con él y ser su confidente en múltiples ocasiones, puedo afirmar que vivía la realidad de cada formando y de muchos Hermanos de la Provincia con más intensidad que los propios interesados. Y esto, Hermanos, es amor de pura ley, ya que teniendo una cruz tan pesada como la suya, aún tenía humor para ser Cirineo de todo aquél que pasaba a su lado…

 

c) El misterio de su aceptación.

 

Una de las realidades más incomprensibles y que, por otra parte, más admiro en la vida de Juanito, fue el misterio de su aceptación.

Había llegado a aceptar su enfermedad con tal elegancia que logró quitar importancia a su forma extraordinaria de vivir, tan fuera de serie…

Lo suyo lo consideraba como una forma más de vivir la vida, ante la cual había que adoptar la única postura honrada que todo hombre debía tener: Darle un sentido y vivirla con totalidad… Y eso tan sencillo ( y a la vez tan grandioso, dadas las circunstancias especiales de su enfermedad) es lo único que él estaba realizando…« ¿ Por qué, pues, os admiráis de mi forma de vivir?…».

En dos momentos, sobre todo, su actitud de aceptación fue más patente y, a la vez, más heroica y misteriosa: con motivo de su peregrinación a Fátima y en la hora de su muerte.

A Fátima fue (e íbamos todos) con una enorme ilusión y una gran confianza puesta en la protección de la Madre. Sin embargo, al propio tiempo, llevaba tal espíritu de aceptación de la voluntad de Dios, que en ningún momento se le vio decepcionado, a pesar de que dicha voluntad de Dios no coincidía, en esta ocasión, con lo que nosotros hubiéramos deseado.

Por lo que a su muerte se refiere, supuso para mí otra gran revelación de esa postura de aceptación total en que vivía.

A pesar de ser su muerte por asfixia (parálisis de las vías respiratorias), no obstante, murió muy tranquilo y sin la más mínima muestra de angustia y de desesperación.

Momentos antes de su partida, sentado en su silla de ruedas (a fin de poder respirar con más facilidad), fijó su mirada en la imagen de la Virgen que presidía su habitación y se adentró en el otro mundo (en una especie de éxtasis), mientras en éste quedaba, aún por algunos momentos, su cuerpo caliente y palpitante, buscando (sin ansiedad ni angustia, sino de forma más bien natural y espontánea) aire para respirar… Así, totalmente inmerso en Dios, dejó de existir nuestro buen Hermano Juan… En estos momentos, recordaba y veía hechas realidad aquellas palabras que tantas veces había repetido:« No temo a la muerte», Y así fue, en efecto. No eran vanas palabras.

Esta falta de ansiedad y de angustia a la hora de morir, me confirmaba su postura de abandono filial e incondicional en brazos del Padre, como fruto de esa aceptación de su voluntad sobre él, en la que había vivido desde siempre.

Permitidme, Hermanos, que termine diciendo que lo que aquí he intentado comunicaros, no han sido palabras bonitas en plan de « coba», sino más bien la expresión (sin duda muy imprecisa y defectuosa) de mis más vivos sentimientos, nacidos al contacto con una vida que he tenido la suerte de compartir y que ha supuesto para mí una de las mayores gracias que el Señor me ha concedido y que, por lo mismo que a mí me ha dejado una huella imborrable que me estimula constantemente a vivir mi Consagración con totalidad, quisiera que también para vosotros supusiera ese mismo compromiso.

Con el estímulo de la vida de nuestro buen Hermano Juan, confiemos en su intercesión y miremos nuestro futuro y el de nuestra Provincia, con optimismo.

Calladamente pasaste junto a mí.

En tu cuerpo roto

vi dolor y dicha hermanados.

Gracias, Juan, por tu huella.

No nos olvides.

Melchor Berciano

 

III. TESTIMONIOS.

 

Melchor

Personalmente, siempre he considerado a Juanito como una gracia extraordinaria de Dios hacia nuestra Comunidad y para todo el Noviciado, a causa de la labor inmensa que estaba realizando.

Yo le considero como el gran « artífice y constructor» de esta vida de Comunidad que estamos disfrutando.

Creó comunidad, siendo miembro « orante y doliente» que todos hemos conocido y que tantas gracias habrá logrado de Dios sobre nosotros, sus hermanos, a los que tanto amaba.

Un alma tan llena de Dios, no puede por menos de ser un« pararrayos» para cuantos con él conviven. No en vano la oración y el sacrificio redentor constituyen el auténtico caldo de cultivo de toda verdadera Comunidad.

 

Creó comunidad, con su testimonio excepcional de cómo debe vivirse, con plenitud y radicalidad, una vida consagrada.

 

Creó comunidad, estimulando nuestros ideales, colaborando muy eficazmente en la labor de formación que llevamos entre manos y animándonos en nuestras dificultades y problemas.

Creó comunidad, al exigirnos confianza mutua y sinceridad total para comunicarnos como verdaderos hermanos.

 

Creó comunidad, al ganarse el cariño de todos y ser el confidente de cada uno, con lo cual le fue fácil constituirse en lazo de unión dentro de la Comunidad.

 

Creó comunidad, porque fue su animador: provocando frecuentes encuentros comunitarios, dinamizando nuestras oraciones comunitarias, fomentando encuentros con Hermanos de otros Colegios…

Juanito desarrollaba una labor verdaderamente importante en la vida interna de nuestra Comunidad, constituyendo un gran apoyo moral para todos y cada uno de nosotros. Y después de esta primera sensación de vacío que nos ha dejado con su partida, nuevamente estamos empezando a sentir su presencia entre nosotros, presencia que, sin duda, ahora será mucho más real, viva y eficaz, lo cual supone un gran consuelo y estímulo.

Gracias, Juanito, en nombre propio y en el de toda la Comunidad de Hermanos, Postulantes y Novicios, por todo lo que nos has aportado hasta el presente.

Sigue en tu puesto de animador de esta tu comunidad.

Alberto

 

Has estado conmigo y te has ido. Simplemente ha sido así. Y ahora que me pesa el dolor de la ausencia, se crece la alegría de la fe.

Fue en una mañana limpia. Desde acá te vi traspasar, en solitario, la puerta de la muerte; porque es condición del hombre saltar a solas ese último y primer peldaño. Conmigo se quedó el temblor y te llevaste, ya plena, tu quietud.

Juan, ¿qué estás viendo? Y te vuelves a encoger de hombros y a sonreír como antes. Me dejas perplejo porque desearía arrebatarte el misterio de la muerte. Aún no he bebido el río del silencio y no puedo cantar de verdad. No sé sentarme sobre una silla para callar y contemplar.

Sabes que iba junto a ti no para consolarte, sino para saciarme con tu luz. Porque estabas en el Centro, el mismo que ahora ya has aferrado en plenitud.

No, no me rebelo porque te arrebatara el gran ladrón. Me trago mi enfado porque sé que hoy ya no sufres y que estás vivo. Y porque aún presiento tu presencia en el vacío de esta casa.

Eras el tesoro escondido. Todavía no sé calibrar lo que perdí con tu marcha.

No te rías, porque te he hablado en serio. ¡Ah!, oye… el «atleti» es Campeón del Mundo.

E. Varo

 

Seis meses son los que he vivido con Juan. Durante este tiempo he podido palpar que la presencia de Juanito pesaba en nuestra Comunidad. Su presencia nos pedía exigencia. Exigencia que nos hacía, y nos sigue haciendo vivir en un constante darse a los demás.

Nos daba ilusión. Esto nunca le faltó a él. Ante los momentos amargos, Juan, con su ejemplo, nos llenaba de esa alegría tan necesaria para la vida de Comunidad.

Juan ha enseñado a la Comunidad a rezar con sencillez.

A mi modo de ver, estos tres datos de: exigencia, ilusión y oración sencilla son las tres enseñanzas que yo, como miembro de la Comunidad, he recibido de Juanito.

Personalmente, he pasado con Juanito ratos muy buenos charlando acerca de nuestra común labor con los formandos. Era un tema que le gustaba. Se ha reído muchas veces de mí. De esa mi ingenuidad, de mis cálculos. Me decía: «No necesitamos muchos, sino pocos, pero esos pocos quesean y no que estén…». « La vida marista es una joya y hoy muy pocos son merecedores de ella».

Desde luego, necesitamos muchos Juanitos en nuestras casas.

Pedro

 

No es fácil conceptualizar lo que los hombres « sentimos» cuando nos encontramos con algo que nos « impresiona».

Tal vez los dos términos que sirvan para « decir» lo que yo he experimentado ante Juan, sean el de aglutinamiento y estímulo…

Juan nos ha « aglutinado» al menos en tres momentos:

 

a) Como tema de intercomunicación. Su « modo de vivir» ha centrado en muchas ocasiones nuestras conversaciones-reflexiones sobre la vida, sobre nuestra vocación, sobre la cruz, sobre la esperanza cristiana, etc.

 

b) Como meta a alcanzar. El ejemplo de su fortaleza era una especie de meta que todos veíamos con envidia, como algo a alcanzar por cada uno de nosotros.

 

c) Como lugar de oración. Queríamos rezar, precisamente con él, no por «visiones mágicas» o sentimentaloides, sino porque con su dolor y con su grandeza era, al menos para mí, una imagen del Crucificado, más real que las de madera o de piedra.

Juan fue también « estímulo», « ejemplo».

 

a) Ejemplo de obediencia en cuanto a la aceptación de los planes del « Supremo Provincial».

 

b) Ejemplo de entrega a los demás. Desde su silla dio siempre, y a todos, las dos únicas cosas que le cabía dar: su sonrisa y, cuando y como le era posible, su consejo.

Muchas veces sólo con su mirada le vi cambiar completamente todo el «rumbo» de una conversación.

 

c) Ejemplo de fe. Fue un testigo excepcional de una fe que quedó sólo apoyada en una inquebrantable voluntad de« fiarse de Dios».

 

d) Ejemplo de imitación mariana. En uno de los momentos más críticos y cruciales de su vida — ante la gruta de Fátima — supo darnos la visión más clara de lo que debió ser el «fiat» incondicional de María, cuando le anunció el ángel que se le venía encima la« tragedia» de la Redención. Como María, Juan, en Fátima, fue tremendo y sublime.

Adolfo

 

Juan ha sido el hombre que ha polarizado la atención de nuestra Provincia durante estos últimos años. Todas sus inquietudes las ha vivido con una particular intensidad. Es algo que veíamos sin esfuerzo cuantos estábamos a su lado.

A nivel comunitario, creo que él ha sido, no sólo el centro de nuestros cuidados, sino también el auténtico motor de cuantos colaboramos en la formación de novicios y postulantes.

Estamos convencidos de que el testimonio, sostenido día a día, es la mejor prestación a la obra educativa. El ejemplo de Juan cobra aquí un valor eminente, ya que está fraguado en el sufrimiento, señal inequívoca de redención. Los hermanos hemos sentido su vivir entre nosotros como una consoladora suplencia de nuestros fallos, y sus breves pero ricas puntualizaciones verbales, como algo definitivo, fruto de una larga y serena reflexión.

Reflexión-oración (términos perfectamente permutables en nuestro hermano Juan) constituían su único quehacer en la última etapa que pasó a nuestro lado: « Menos mal — decía — que al menos puedo seguir pensando».

En el contexto en el que él vivía resulta ahora redundante, si no ridículo, repasar algunas de sus frases: « para mi la oración no es ningún problema» « Yo esto lo veo muy claro». « Os complicáis la vida demasiado».

Para la Comunidad, Juan era un seguro punto de referencia. Nuestras oraciones o comunicaciones, en su despacho, tenían una especial resonancia. Más de una vez tuvimos que encontrar allí el optimismo que entre nosotros es habitual, así como el tono de una oración en profundidad. Junto a nuestro hermano sufriente no cabían las oraciones superficiales, ni los planteamientos a medias.

Los hermanos que tuvimos la suerte de acompañarle en su peregrinación a Fátima, recibimos una buena lección de oración confiada, de sufrimiento callado y de fe sencilla. Para él era simplemente una oportunidad de rezar más cerca de la Madre. Confieso que aquellas dos jornadas, vividas minuto a minuto, han supuesto para mí una nueva perspectiva de fe confiada, y a la vez, sencilla. Nunca estuve tan cerca y, al propio tiempo, tan lejos del milagro. El verdadero milagro — el que no esperaba yo — nos lo había brindado Juan desde hacía ya muchos días, con la sonrisa constante en sus labios.

Es mucho lo que Juanito ha supuesto para nuestra Comunidad del Noviciado. Y es mucho — pienso — lo que sigue suponiendo.

Su presencia aún se deja sentir en la casa, ahora tan enormemente vacía. El valor de su testimonio aumenta en nosotros a medida que se desvanece el dolor por su partida.

(Reseña biográfica publicada en el número 111 de la revista « Castilla», órgano informativo interno de dicha Provincia).

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