Entrevista a P. Juan María

Juan Mar√≠a Laboa Gallego (Pasajes de San Juan, Guip√ļzcoa, 1939), sacerdote diocesano, incardinado en la Di√≥cesis de Madrid, es licenciado en Filosof√≠a y en Teolog√≠a y doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Gregoriana de Roma donde ha impartido clases durante doce a√Īos. Ha sido profesor durante quince a√Īos en la Facultad de Ciencias Pol√≠ticas de la Universidad Complutense de Madrid, profesor ordinario de la Universidad de Comillas durante treinta y cinco a√Īos y profesor invitado en diversas universidades europeas y americanas. Fundador y director de la revista ‚ÄúXX Siglos de Historia de la Iglesia‚ÄĚ, entre sus libros cabe destacar ‚ÄúLa larga marcha de la Iglesia‚ÄĚ (1985), ‚ÄúAtlas hist√≥rico del cristianismo‚ÄĚ (2000), ‚ÄúHistoria de la Iglesia. Edad Contempor√°nea‚ÄĚ (2002), ‚ÄúAtlas hist√≥rico del monacato‚ÄĚ (2003) as√≠ como su colaboraci√≥n en el libro “Iglesia e intolerancias: La guerra civil” con el cap√≠tulo ‚ÄúMotivos de la persecuci√≥n‚ÄĚ.
Mantenemos un di√°logo con el P. Juan Mar√≠a en la sede de la Conferencia marista, en Madrid.AMEsta√ļn. La celebraci√≥n de la beatificaci√≥n de los hermanos Bernardo, asesinado en Barruelo de Santill√°n (Palencia) en 1934 y la del hermano Laurentino, Virgilio y otros 44 compa√Īeros, asesinados en Barcelona, traen a la memoria los numerosos episodios de violencia que han marcado la historia del siglo XX. ¬ŅTiene alguna explicaci√≥n la violencia institucionalizada en el siglo XX?
Juan María Laboa. 
El siglo XX ha sido un siglo especialmente traum√°tico por su violencia institucionalizada y por sus asesinatos masivos, indiscriminados o por sus asesinatos selectivos. Recordemos los m√°s de un mill√≥n de muertos armenios, los innumerables muertos de la dictadura comunista en la URSS y en el terror estalinista, las dos guerras mundiales y el exterminio de jud√≠os, los treinta millones de muertos en las carest√≠as chinas de 1958 y 1962, las violencias de los reg√≠menes autoritarios en Am√©rica Latina y las guerras en √Āfrica, la muerte de un tercio de la poblaci√≥n china, los asesinatos en Yugoslavia y en Ruanda. Todos ten√≠an una explicaci√≥n, pero siempre la explicaci√≥n era inaceptable.

La violencia que se vivi√≥ en Espa√Īa despu√©s de la 2¬™ Rep√ļblica tuvo unos protagonistas destacados en los anticlericales. ¬ŅEs el anticlericalismo una justificaci√≥n de los errores de la Iglesia?¬†
Desde la aparici√≥n de numerosos escritos de algunos ilustrados y desde la Revoluci√≥n francesa, un anticlericalismo furibundo ha marcado buena parte de la pol√≠tica y de la cultura de los pa√≠ses europeos de origen latino que, a menudo, se ha entremezclado con el desarrollo de los movimientos sociales que han acompa√Īado el proceso de la industrializaci√≥n. No es razonable justificar indiscriminadamente este anticlericalismo con los posibles pecados de la Iglesia que, obviamente, los ha tenido. El anticlericalismo hist√≥rico ha sobrepasado en todos los sentidos estas causas aparentes.

¬ŅCu√°les son las motivaciones de las actuaciones antirreligiosas en la Espa√Īa republicana?¬†
En el siglo XX, la noche ha sido para el cristianismo “muy larga y muy oscura”. La persecuci√≥n antirreligiosa no ha sido una cuesti√≥n pol√≠tica casual de un pa√≠s o de unos pol√≠ticos, sino un componente permanente de los pa√≠ses liberales y, de manera especial, de toda la pol√≠tica sovi√©tica en sus diversas versiones. Todos los cristianos han sido considerados enemigos por parte de los diversos reg√≠menes comunistas.

Motivaciones antropol√≥gicas, ideol√≥gicas y simb√≥licas han nutrido el trasfondo de estas persecuciones. Para sus componentes, los cl√©rigos y las comunidades religiosas deb√≠an desaparecer para dar paso a una sociedad nueva, sin “alienaci√≥n religiosa”. M√°s all√° de motivaciones hist√≥rico-pol√≠ticas, que pueden discutirse, ha existido una motivaci√≥n antirreligiosa espec√≠fica e identificadora. Un dogma m√°s o menos consciente, m√°s o menos expreso, en cualquier caso operativo, consist√≠a en que la religi√≥n deb√≠a ser erradicada de la sociedad.
En Espa√Īa tenemos el ejemplo de Alejandro Lerroux, quien, durante una √©poca, tuvo tanto predicamento en algunos ambientes, exponente de un agresivo anticlericalismo radical: “No hay nada sagrado en la tierra. El pueblo es esclavo de la Iglesia y hay que destruirla”, fue su dogma mil veces repetido.
Los sucesos de Asturias mostraron el clima anticlerical existente, tanto en el campo social como en el político y cultural. No cabe duda de que las persecuciones de 1934 y 1936 se inscriben en el gran capítulo de la lucha contra la Iglesia. Atacaron una Iglesia cuya presencia deseaban erradicar.

Los hermanos maristas que murieron asesinados: Bernardo primero en Barruelo, Laurentino, Virgilio y otros 44 compa√Īeros en Barcelona, ¬Ņse puede decir que son m√°rtires porque murieron por la fe?¬†
Muchos de estos mártires no mueren directamente por la fe sino por las actitudes que han asumido como consecuencia de su fe, por la coherencia de vida mantenida en su apostolado. Su vida, generalmente, era sencilla, oculta y pasaba desapercibida, pero su solo estar constituía un recordatorio de una opción. Esto explica que se asesinara con igual rencor a pobre gente y desconocidos o a famosos predicadores. A beneméritos luchadores en favor de la justicia social como a cartujos.
Para algunos, a semejanza de cuanto sucedía en Rusia, los religiosos fueron percibidos como una amenaza que obstaculizaba el objetivo de conseguir el dominio ideológico del país.
En los m√°rtires se combinan, con frecuencia, integridad interior y fragilidad, en el sentido de inseguridad interior. La Iglesia nunca ha aprobado la b√ļsqueda del martirio y la heroicidad no exige una valent√≠a llamativa. Se puede ser consecuente y ejemplar aun cuando el camino hacia la guillotina sea recorrido con temor y angustia. Llama la atenci√≥n el que, a pesar de no pocos casos en los que se les ofreci√≥ la posibilidad de salvarse si se casaban o romp√≠an el voto de castidad, no encontramos casos de abandono de sus ideales. A bastantes sacerdotes y religiosos y a algunos obispos se les dio la oportunidad de escapar, pero casi todos decidieron permanecer con el pueblo que les hab√≠a sido confiado.

Muchos de los muertos lucharon por una causa humana justa o por valores no siempre entendidos por la ideolog√≠a dominante. ¬ŅEs el martirio una confrontaci√≥n de ideas?¬†
En el concepto de martirio entran las expresiones de solidaridad y la implicación en la causa humana, en defensa de valores tales como la justicia, el amor y la solidaridad, no siempre entendidos de la misma manera por las ideologías dominantes del momento. Resulta sugerente y clarificador el planteamiento del martirio como un intento de eliminar el cristianismo, en cuanto reserva de fe y de interpretación de la humanidad, no compartida, obviamente, por quien persigue. Estos martirios habría que integrarlos, también, en la lucha del siglo XX en defensa de los derechos humanos y de la libertad.

¬ŅNo son los m√°rtires las v√≠ctimas de la historia que han elaborado otros, v√≠ctimas de las inconsecuencias y de los pecados de la Iglesia?¬†
Es verdad que todos somos cómplices del mal existente en el mundo y, en este sentido, el martirio podría ser interpretado como juicio a una Iglesia. Se podría considerar, así, que los mártires son con frecuencia víctimas de la historia, historia que han elaborado otros con sus decisiones y sus palabras. Este es un tema bellísimo, pero que se quiebra si lo afrontamos con complejos, masoquismo o malabarismos. En efecto, a pesar de todos los intentos de racionalización, no existe justificación para crímenes cometidos contra personas que, en la inmensa mayoría de los casos, no solo no eran culpables de ninguna culpa sino que tampoco se habían mezclado en ninguna actividad política.

Los cristianos han aprendido de Jes√ļs a perdonar. ‚ÄúPerd√≥nales porque no saben lo que hacen‚ÄĚ, dijo en la cruz. Muchos de los asesinos pertenec√≠an a grupos incontrolados: ¬Ņeran ignorantes?, ¬Ņno sab√≠an lo que hac√≠an? ¬Ņa qui√©n hay que ofrecer el perd√≥n?¬†
Es verdad que muchos martirios han sido realizados por incontrolados, pero no se puede olvidar una prolongada y controlada campa√Īa de publicidad negativa, de mitos y propaganda escandalosa, que acusaba a los religiosos de toda clase de culpas y cr√≠menes falsos. El car√°cter absurdo de una publicidad prolongada y de unas acusaciones maliciosas en los momentos m√°s dram√°ticos, no impidi√≥ que fuesen cre√≠dos. El odio demostrado en muchos asesinatos solo puede explicarse por una gran incultura y por un bombardeo de propaganda negativa. Los folletos anticlericales prerrevolucionarios y los existentes durante la revoluci√≥n francesa, con enorme √©xito en aquellos sucesos, permiten explicarnos lo sucedido a lo largo de los siglos XIX y XX.

Tradicionalmente la Iglesia ha dado el apelativo de ‚Äúm√°rtir‚ÄĚ al que muere por la fe. ¬ŅNo es una osad√≠a y un martirio vivir la fe en medio de un mundo con fuerte oposici√≥n, desprecio o marginaci√≥n de la fe? ¬ŅCu√°l es hoy el sentido de un m√°rtir para la Iglesia?¬†
“M√°rtir es tambi√©n quien perece en su lucha activa para que se afirmen las exigencias de sus convicciones cristianas”, escribi√≥ Rahner, convicciones que se contraponen con algunas de las ideolog√≠as dominantes en la √©poca contempor√°nea. El martirio de la √©poca contempor√°nea ha ampliado sus motivaciones y sus caracter√≠sticas y, naturalmente, no puede ser comprendido sin los exponentes ilustrados o culturales del XIX o sin la propaganda anarquista o socialista.
A lo largo del siglo, encontramos una interminable lista de sacerdotes, religiosos y religiosas asesinados por su defensa de los más pobres, marginados y abandonados. Son los mártires de la caridad, de aquellos que han mantenido una vida coherente con su vocación, los mártires de la injusticia de una situación establecida que no puede soportar que se pongan límites a su impunidad; los mártires por su fidelidad a una Iglesia que mantiene unos valores contradictorios con quienes dominan un país o una región en un momento determinado.
M√°rtir es aquel que no salva a cualquier precio su vida. Es alguien que cree y espera, que anuncia el Evangelio y ama a la Iglesia, y contin√ļa su trabajo y su testimonio, incluso con peligro de su vida, porque se sobrepone al temor. Se trata de creyentes que no renuncian a creer y a vivir su fe, incluso en circunstancias de incomprensi√≥n y de rechazo. Muchos hubieran salvado su vida si hubieran renunciado a su fe o a trabajar en los campos educativos o caritativos de la Iglesia. El modo con el que viv√≠an su fe y su vocaci√≥n cristiana, con el que generosamente trabajaban por el bien com√ļn, ayuda a comprender su aceptaci√≥n del martirio, no porque lo buscasen sino porque era coherente con su forma habitual de vida. Han sido perseverantes en su vocaci√≥n hasta la muerte.

Desde su punto de vista, ¬Ņde qu√© manera las beatificaciones de nuestros hermanos pudieran convertirse en un est√≠mulo para los maristas de todo el mundo?
En nuestros d√≠as, la mentalidad dominante en un mundo c√≥modo y aburguesado, que abarca los creyentes, se inquieta con las √ļltimas consecuencias de la fidelidad al amor, a una doctrina y a unos ideales. Estamos acostumbrados al caf√© sin cafe√≠na, al dulce sin az√ļcar, a la cerveza sin alcohol, etc. El martirio nos introduce de golpe en el √°mbito de la coherencia personal, en el de las consecuencias del amor y la generosidad, en el de las exigencias de la propia vocaci√≥n. El martirio nos replantea con crudeza el misterio de la cruz, y no hay cruz ni martirio sin amor. Para cualquiera de nosotros, la entrega de la propia vida constituye un aldabonazo y una interpelaci√≥n.

10/22/2007